En la casa de paredes altas y muebles modestos, había una única fecha que rompía la monotonía de las estaciones: el 6 de enero. Los días anteriores a Reyes estaban teñidos de un brillo especial, como si el tiempo mismo se agitara con una impaciencia dulce.

Su madre siempre decía que los Reyes llegaban a las casas que guardaban amor en sus corazones. Por eso, cada año, Elena dejaba sus zapatitos impecablemente lustrados junto a un vaso de agua y un puñado de pasto para los camellos. Pero lo que hacía especial a la festividad no era solo el ritual, sino el esmero con el que su madre mantenía viva la ilusión. Clara, una costurera que trabajaba largas horas para sostener su pequeño hogar, guardaba en secreto un tesoro: su capacidad de convertir ese día en algo maravilloso para su hija.

_ Hola, ¿familia González?

_ Sí, ¿quién habla?

_ ¿Usted es familiar del señor Antonio González?

_Sí, soy su hija.

_ Bueno quería avisarle que su papá que estaba en terapia intensiva falleció hace una hora. Necesitamos que pase a retirar su cuerpo.

                              

Partir, adaptarse, volver…                                                                   

Allá lejos quedaron mis raíces,

los olores, los colores y el idioma de mi niñez.

Acá cerca la vida continúa.

“El olvido es un gran simulacro

repleto de fantasmas

que nadie sabe ni puede,

aunque quiera, olvidar”…

Mario Benedetti

 

Me parece mentira, increíble, que después de tantos años que vivo en este departamento y cuando había decidido tomar un poco de distancia de esa etapa de la historia argentina, la casualidad o la causalidad o lo sobrenatural hizo que descubriera su historia.