En la casa de paredes altas y muebles modestos, había una única fecha que rompía la monotonía de las estaciones: el 6 de enero. Los días anteriores a Reyes estaban teñidos de un brillo especial, como si el tiempo mismo se agitara con una impaciencia dulce.
Su madre siempre decía que los Reyes llegaban a las casas que guardaban amor en sus corazones. Por eso, cada año, Elena dejaba sus zapatitos impecablemente lustrados junto a un vaso de agua y un puñado de pasto para los camellos. Pero lo que hacía especial a la festividad no era solo el ritual, sino el esmero con el que su madre mantenía viva la ilusión. Clara, una costurera que trabajaba largas horas para sostener su pequeño hogar, guardaba en secreto un tesoro: su capacidad de convertir ese día en algo maravilloso para su hija.
Ni Yom Kipur, ni Rosh Hashaná, ni el Año Nuevo, ni el Día de la madre emocionaban tanto a Elena como los Reyes… Ah, los Reyes… Ese día se convertía en un mundo de emociones. Las luces tenues de la madrugada despertaban a una niña de 4 años que, con el corazón latiendo fuertemente, corría descalza hacia la sala. Era un día mágico para Elena.
Aquel año, encontró junto a sus zapatitos: un juego de muebles de muñecas. Eran pequeños pero perfectos, hechos de madera maciza y trabajados con tal delicadeza que cada detalle parecía una caricia. Sillitas con respaldo curvo, una mesa con patas torneadas, y un diminuto armario con puertas que abrían y cerraban.
La niña no entendía entonces el valor de lo que tenía entre manos, pero su alegría era absoluta. Pasó horas jugando, inventando vidas para las muñecas que habitaban ese universo de madera.
Cuando Elena creció y comenzó la escuela primaria, una conversación con sus compañeros plantó una semilla de duda; ellos, entre risas y juegos, le dijeron que los Reyes eran los padres. Aquella tarde, cuando llegó a casa, miró a su madre con otros ojos. Clara estaba agotada después de una larga jornada de trabajo, pero aun así sonrió al preguntarle cómo había estado su día. Elena no dijo nada. Decidió guardar silencio; no sabía si porque se sentía muy apenada o por la sonrisa de su madre cansada. Aquella revelación no borró la magia, sino que la hizo crecer. Guardó el secreto durante muchos años, por amor a su madre.
Los años pasaron, y con ellos, la inocencia. Un día, ya siendo adulta, descubrió el origen de aquellos muebles. Fue casi por casualidad, en una conversación trivial con un viejo amigo. “Mi padre tenía una pequeña fábrica en Buenos Aires”, dijo él. “Se dedicaba a hacer muebles para muñecas. Todo a mano, con el arte que trajo desde España”. Ahora entendía que esos muebles eran algo más que un juguete. Eran las manos trabajadoras de un hombre que nunca conoció, las ilusiones de su madre, y un amor que no necesitaba palabras para expresarse; entendió, de algún modo, que la magia no estaba en los regalos, sino en el esfuerzo y el amor de su madre.
Aquel descubrimiento no borró la magia de los Reyes, sino que la reforzó. Ahora, para Elena, los Reyes Magos no eran solo figuras de cuento, sino el símbolo de todo lo que su madre había hecho por ella.
Elena creció, formó su propia familia, y cada 6 de enero cuando ve la alegría en los rostros de sus hijos siente que Clara está presente, a su lado, recordándole que la verdadera magia está en el amor que se transmite de generación en generación, en los actos silenciosos que sostienen la ilusión y que no es algo que se recibe, sino algo que se da.
Cuando la nostalgia la envuelve, piensa en los muebles de madera, en la risa de su madre, y en el sacrificio oculto detrás de cada regalo. Y, aunque ya no espera a los Reyes, sabe que su magia no se ha perdido. Vive en el recuerdo, en los objetos que el tiempo no pudo borrar, y en el corazón de quien, como ella, entiende que la ilusión es el regalo más grande de todos.