Después de siglos de lucha, los mecanismos de dominación persisten. Tanto el pasado colonial como el presente político de América Latina conforman un territorio donde la opresión cambia de rostro y de forma, pero no de esencia.
La memoria de la lucha colectiva contra el invasor colonial no implicó solo la pérdida de la tierra, sino también la destrucción de una cosmovisión. Fueron arrasadas personas, lenguas y creencias. La resistencia indígena surgió entonces como una respuesta vital, casi instintiva, ligada a la supervivencia de un mundo propio.
Siglos después, la opresión se manifiesta a través de regímenes políticos autoritarios o de gobiernos que no contemplan las carencias de los pueblos. La violencia adopta formas más solapadas, pero continúa siendo visible, invasiva y destructiva. La lucha es ahora por los recursos, por la libertad, por la justicia social y por la dignidad. Sin embargo, el esquema se repite: unos deciden y otros deben acatar; unos viven y otros sobreviven, poniendo el cuerpo.
Existe una continuidad estructural de la opresión en la que cambian los nombres de los enemigos, pero no las lógicas que la sostienen. La liberación de América Latina nunca es total: llega incompleta, negociada, desigual, sostenida por mecanismos silenciosos que reproducen estructuras antiguas bajo discursos modernos que invocan la democracia y la paz mundial.
La opresión no pertenece al pasado. Es un mecanismo que se recicla, que modifica símbolos, nombres y discursos, pero conserva su estructura profunda: invasión de territorios, intromisión en la política de otros países, usurpación de recursos, incumplimiento de pactos internacionales, dominación, sometimiento y sacrificio permanente de la clase trabajadora latinoamericana.