Un cuarto,

una oscuridad que envuelve y asfixia,

desesperación y desequilibrio

y esta soledad que me abruma. 

El aire del cuarto se hace más pesado,

el silencio lo invade todo.

No se puede estar más en su interior,

el oxígeno escasea.

Quiero salir, oír, cantar, gritar,

ser parte de la vida. 

Transpiro…

Las gotas de sudor recorren mi cuerpo;

mis ojos, aunque abiertos, no ven.

Los sentidos se adormecen lentamente

y el mundo se apaga.

Mi cuerpo está seco y quebradizo;

mi mente ya no piensa.

Se sumerge pacíficamente

en un torbellino de colores,

que van opacándose

y viaja hacia el infinito. 

Diviso una línea transparente,

me resisto a atravesarla.

No sé en qué momento estaré del otro lado,

ni de dónde vengo ni a donde voy.

La ignorancia hierve en mi sangre,

crece el miedo a lo desconocido

y la impotencia me bloquea. 

¿Está amaneciendo?

¿Vuelvo a sentir algo?

No, claro que no.

Mis sentidos murieron hace rato

y sin embargo, una tenue ráfaga de vida

atraviesa de lado a lado mi ser. 

Agotando mis últimas fuerzas, salgo.

Las calles me aguardan intransigentes,

miles de personas van y vienen.

¡Vaya uno a saber dónde!

Entonces, en ese momento,

la soledad se hace más intensa.

Los rostros desconocidos se suceden aburridos.

Hay una sensación extraña dentro de mí,

una luz de esperanza

que me lleva a un estado de alteración.

¡Qué sentimiento irracional!

Pero… ¿Cuál lo es?

Y comienzo la repetida historia

de buscarte nuevamente

por las calles de mi gran ciudad. 

Camino sin cesar,

recorro todos los rincones

y observo todas las incoherencias. 

Sé que todo es en vano

pero no me interesa.

Tal vez lo logre…

Pero no, la tarde cae.

Nuevamente estoy en un desgaste total,

voy fatalmente a casa, con mis pensamientos,

a mi cuarto, a la soledad;

a mi mundo de colores fingidos,

de imágenes borrosas y aterrantes

que me acechan despiadadas.

Mis cuatro paredes están selladas

por la angustia, el temor, la muerte.

Afuera queda el olor a vida;

la ilusión está del otro lado. 

Otra vez estoy allí, cruzando la línea

del espacio y del tiempo,

consumiéndome paso a paso,

desgarrándome sin apuro.

Esperando ese hilo de luz,

ese rayo de vida que se inyecte en mis venas

y que haga reverdecer mi sangre. 

Cada vez me resulta más difícil salir,

dejar ese mundo que me atrapa.

Lucho constantemente entre los dos.

No sé cuál es mejor,

si éste con sus angustias

o aquel con sus misterios.

Vivo en dos realidades

y al mismo tiempo

no pertenezco a ninguna.

Siento la muerte sin morir.