
“Si el pensamiento fuera perfume,
el aire a tu alrededor estaría siempre alterado.
No entrás a una habitación: la despertás.
Tenés esa rara mezcla de lucidez, ironía y ternura
que no se aprende, se reconoce.
No sos mujer que se mira,
sos mujer que se vive,
se palpita
y se recuerda.”
Hoy los piropos están en desuso.
Atrás quedaron las frases ingeniosas,
esas palabras que no pedían nada,
que acariciaban los oídos
antes de rozar el cuerpo.
El lenguaje se volvió directo,
sin rodeos,
como si el deseo tuviera miedo
de demorarse.
Las miradas, antes decidoras,
ahora son instantáneas.
Las sonrisas insinuantes
aprendieron a ser oblicuas:
a decir sin decir,
a retirarse antes de ser mal interpretadas.
Se desconfía de todo lo implícito:
la mirada sostenida,
la pausa,
el gesto sutil.
La ambigüedad es zona gris
y se traduce como acoso o abuso.
En cambio, se legitima lo explícito.
Lo funcional.
Lo que no deja lugar a la imaginación:
“¿Querés venir a casa?”
“¿Querés tener sexo?”
“Busco algo casual.”
“No quiero compromiso.”
Lo directo se valida, aunque distancie.
Lo rápido se acepta, aunque sea descartable.
Lo sexual se vuelve permitido
y lo sensual, sospechoso.
El deseo se expone sin desparpajo
donde antes era insinuado.
Así el piropo —arte menor—
perdió la fama, la calle y el oído.
Se quedó sin tiempo para existir,
sin metáfora y sin palabras sugeridas.
Y el amor,
de pronto desarmado,
aprendió a hablar
sin poesía
ni desvíos.