
Cada rostro en el vidrio no es solo una foto,
es una presencia.
Afuera, la vida sigue: los árboles, la luz, la calle, nosotros;
adentro, esas miradas fijas, detenidas en otro tiempo.
Hay vidas interrumpidas que, de alguna manera,
nos miran y nos dicen algo sin palabras.
No son rostros anónimos,
son rostros jóvenes, concretos, cotidianos.
No gritan, no explican;
pero están ahí… sosteniendo la mirada.
No están sólo en el pasado…
están acá, superpuestos al presente.
Y en ese cruce, nuestra mirada y la de ellos,
es ahí donde vive la memoria.