LA MUJER HABITADA de Gioconda Belli fue publicada en 1988
y su “presente” narrativo remite a la Nicaragua de los años setenta,
en el contexto de la lucha contra la dictadura somocista
LA MUJER HABITADA se desarrolla en Nicaragua, y articula dos tiempos históricos que, aunque separados por siglos, dialogan como si fueran capas superpuestas de una misma herida. Por un lado, la época de la conquista española en Centroamérica, narrada a través de la voz de Itzá; por otro, la Nicaragua de los años setenta, sometida a una dictadura militar previa a la Revolución Sandinista. La novela no presenta estos momentos como pasado y presente cerrados, sino como formas reiteradas de opresión que se reencarnan.
La historia que narra no es ajena a muchos países de América Latina, atravesados por ciclos reiterados de opresión, lucha y promesas de transformación inconclusa.
El punto de unión entre ambos tiempos es el cuerpo femenino, entendido como territorio donde la Historia se inscribe. Itzá y Lavinia no son figuras simbólicas abstractas, sino cuerpos atravesados por la opresión, la resistencia y el sacrificio. En ellas confluyen tres dimensiones de dominación: la histórica, la política y la social. La novela deja en claro que el sometimiento no se ejerce únicamente desde el poder estatal, sino también desde las costumbres, los vínculos afectivos y los roles asignados a las mujeres.
La voz de Itzá, mujer indígena que resistió la conquista española, no aparece como un recuerdo arqueológico, sino como memoria activa, como conciencia que persiste y que se reactiva en Lavinia.
La lucha de Lavinia por su liberación no comienza con la militancia, sino en el plano cotidiano: en su manera de habitar el espacio doméstico, en su sexualidad, en su deseo de decidir sobre su propia vida.
Al narrar dos épocas de lucha, la autora no construye una épica del progreso histórico; por el contrario, sugiere una continuidad estructural de la opresión, donde cambian los nombres del enemigo, pero persiste la lógica del sacrificio desigual. La liberación alcanzada aparece como parcial, negociada, incapaz de alterar las bases profundas del sistema que produjo la violencia.
La colonización y la dictadura no se presentan como hechos equivalentes, pero sí como variantes de una misma matriz opresiva. En ambas, la resistencia aparece como respuesta casi inevitable; no como elección heroica, sino como consecuencia del ahogo.
LA MUJER HABITADA no es una novela de triunfo ni de redención. Es una novela de conciencia. Muestra que las épocas cambian, pero que sin una transformación profunda —política, social y afectiva—, toda victoria resulta pírrica, y las luchas corren el riesgo de repetirse, mientras los cuerpos continúan siendo el precio que exige la Historia.
Así, el libro no es solo una novela sobre una revolución ni sobre una conquista; es una reflexión narrativa sobre la repetición de la violencia, sobre la persistencia del sacrificio y sobre la dificultad de romper, de una vez por todas, el ciclo que convierte a los cuerpos en precio de la Historia.