La serie MARÍA, LA CAPRICHOSA disponible en Netflix, tiene el tono melodramático, propio del culebrón latinoamericano y parece que se trata solo de una historia sentimental destinada al entretenimiento. Sin embargo, cabe la pregunta: ¿existió realmente María?

La respuesta se encuentra en la historia social de América Latina. María no es una sola. María ha sido, durante décadas, una figura repetida: mujeres pobres, muchas de ellas afrodescendientes, que trabajaron y trabajan en casas ajenas sosteniendo la vida cotidiana de otros, mientras la propia quedaba en segundo plano. Cocinas, cuartos de servicio, jornadas interminables y una invisibilidad naturalizada fueron el escenario de esas vidas que rara vez entraron en el relato oficial.

En Colombia, esa experiencia colectiva tiene una voz concreta: María Roa Borja. Trabajadora doméstica y lideresa afrocolombiana, fue una de las fundadoras de la Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico (UTRASD). Su historia no nace en la universidad ni en los espacios tradicionales de poder, sino en la experiencia directa del trabajo precarizado.

Hay una idea central que atraviesa su pensamiento y el de muchas trabajadoras organizadas: el trabajo doméstico no es accesorio ni secundario. Es esencial. Gracias a ese trabajo —cuidar niños, limpiar, cocinar, ordenar la casa y el tiempo— los empleadores pueden salir al mundo, desarrollar carreras, construir prestigio, tener ocio. Sin embargo, ese aporte fundamental ha sido históricamente negado en derechos, salarios y reconocimiento.

En ese contexto aparece una de las frases más repetidas y más engañosas del mundo doméstico: “sos como de la familia”. Esa expresiíon dicha con aparente cariño, encierra una trampa. Porque la familia no tiene horario, no tiene salario, no tiene contrato ni jubilación. Decirle a una trabajadora que es “como de la familia” ha servido muchas veces para borrar límites, justificar sueldos bajos y exigir disponibilidad total. María Roa lo dice con claridad y sin resentimiento: las trabajadoras domésticas no quieren ser parte de la familia del empleador. Ya tienen familia. Lo que quieren es un trabajo justo y digno.

La ficción melodramática exagera emociones; la realidad, en cambio, normaliza estas pérdidas sin nombrarlas. La ficción no inventa esa realidad: la vuelve visible. María Roa Borja no encarna un mito romántico ni una heroína épica. Representa el momento en que esa experiencia deja de ser silencio y se convierte en organización, palabra y derecho.

María Roa nos obliga a revisar algo esencial: la dignidad no se construye con afecto paternalista ni con discursos amables. Se construye con derechos, reconocimiento y justicia. Entender eso transforma para siempre la manera de mirar esas historias que no siempre son solo un culebrón.